Las huellas que dejamos en la infancia

Hay momentos de la infancia que parecen pequeños para un adulto, pero que pueden convertirse en recuerdos enormes para un niño.

Una palabra de aliento.

Un abrazo cuando algo salió mal.

Alguien que se sentó a escucharlo.

Una persona que creyó en él cuando todavía no podía creer en sí mismo.

También están esas cosas que hacemos casi sin darnos cuenta: compartir un juego, leer un cuento antes de dormir, preguntar cómo estuvo su día, celebrar un pequeño logro o simplemente estar presentes.

Para nosotros pueden ser minutos. Para ellos pueden ser recuerdos que duren toda una vida.

Porque la infancia no se construye solamente con grandes acontecimientos. Se construye, sobre todo, con pequeños momentos repetidos una y otra vez. Con la manera en que un niño aprende que es importante, que merece ser escuchado, que puede equivocarse sin dejar de ser querido y que hay personas en las que puede confiar.

Pero así como dejamos huellas con nuestras palabras y nuestros gestos, también podemos dejarlas con nuestras ausencias, con la indiferencia, con aquello que no dijimos o con las veces que hicimos sentir a un niño que no era suficiente.

También dejamos huellas cuando ponemos a los niños en medio de los conflictos entre adultos; cuando los utilizamos como mensajeros, como espías de la vida del otro, como portadores de secretos que no les corresponden o, peor aún, como un verdadero botín de guerra.

Porque un niño no debería tener que elegir.

No debería sentir que amar a uno significa traicionar al otro.

No debería cargar con problemas que pertenecen al mundo de los adultos.

Y mucho menos debería crecer creyendo que tiene que tomar partido para poder conservar el amor de quienes más quiere.

Por eso vale la pena detenernos un momento y preguntarnos:

¿Qué recordarán de nosotros cuando sean grandes?

La infancia no dura para siempre, pero las huellas que dejamos en ella pueden acompañarlos toda la vida.

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